Duff Mckagan "La bici salvó mi vida" - Guns N´ Roses

Duff Mckagan Guns N' Roses

«Máteme, se lo suplico. Máteme. Máteme. Por favor.»

Y mientras yo suplicaba a los médicos que me mataran, trajeron un ecógrafo con el que controlar mi páncreas reventado. Mi médico de la infancia, el doctor Thomas, se encargaba de evaluar las imágenes de ultrasonido que iban tomando a intervalos regulares para preparar una intervención de urgencia.

Mi páncreas se había inflamado y luego se había desgarrado. Pero ahora estaba empezando a contraerse de nuevo. Me pusieron dosis muy altas de morfina y Librium.

Nunca olvidaré el momento en que mi madre vino a verme al hospital. Debido a la enfermedad de Parkinson, iba en silla de ruedas. Ahí estaba yo, su hijo pequeño, con un gotero de morfina en el brazo izquierdo y otro de Librium en el derecho, para controlar los temblores provocados por la abstinencia alcohólica.

Durante los primeros días que pasé en el hospital, no sabía si iba a superarlo, pero, si lo hacía, estaba firmemente decidido a cambiar de vida. Cuando me dieron el alta, el doctor Thomas me pidió que fuera a verle a su consulta.

  • He gestionado tu ingreso en un centro de desintoxicación de drogas y alcohol que está cerca de Olympia –me dijo–. Te podemos llevar directamente desde aquí. Le di las gracias por todo lo que había hecho por mí.«Creo que puedo hacerlo yo solo», le dije.

Al principio solo usaba mi vieja bicicleta de montaña porque me ayudaba a prevenir los temblores, pero no tardé en comprender que montar en bici me hacía sentir mejor. Y me tenía ocupado. Los primeros días me dedicaba a pedalear sin rumbo, y no me daba cuenta de todo el tiempo que llevaba fuera hasta que me sorprendía la oscuridad. Cuando me quise dar cuenta, estaba pedaleando ocho horas al día. Despacio, en llano, pero todo el día.

Todas las mañanas me dolían los músculos. Llevaba años sin hacer ejercicio. Pero el dolor me levantaba el ánimo. No el humor, el ánimo.

Tenía el cuerpo tan castigado por las sustancias que había consumido que lo único que me mantenía a flote era el ánimo. Las ganas. Solo eso me quedaba.Al cabo de una semana de largos paseos en llano, empecé a ponerme metas más difíciles. Seattle es una ciudad de pendientes, y en ella no me costó encontrar cuestas cada vez más empinadas en las que poner a prueba mi resistencia y mi tolerancia al dolor. Estas sesiones, cada vez más duras, llegaron a representar una forma de autoflagelación, una manera de castigarme por todo el daño que me había hecho a mí mismo y a los demás. Sentía que esa nueva forma de dolor sano desgarraba cada fibra muscular, cada neurona de mi organismo. Estaba en una forma explosiva. Y eso me gustaba.

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Cuando llegué a Los Ángeles en junio de 1994, llevaba cinco semanas limpio. Antes de ir a mi casa me pasé por Bike Shack, una tienda de bicicletas de Studio City. Allí reparé enseguida en una hoja de inscripción en una carrera de fondo de ciclismo de montaña que se iba a celebrar en Big Bear, California.

La carrera se disputaba al cabo de siete semanas. Incluía una categoría de principiantes. Yo nunca había participado en una carrera ni había practicado ningún deporte individual. La idea me intimidó un poco, pero ¿por qué no? Me pasaba el día montado en mi bici, así que ¿por qué no entrenar para competir?

Pensé que quizá alguien de la tienda me podía orientar. Además, si me inscribía, tendría una razón concreta para mantenerme sobrio hasta una fecha determinada. Un objetivo.

Me apunté.

A continuación escogí una bicicleta de montaña. Hasta el momento había usado una bici de acero de baratillo, pero ahora decidí regalarme una que me pareció magnífica: una Diamondback. Y es que ahora esto era lo mío, y quería una buena bici.

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Entrenaba duro, bebía mucha agua y veía como mi cuerpo perdía el peso del alcohol. Durante los tres meses que siguieron a mi pancreatitis aguda, perdí más de veinte kilos. Rezaba a las colinas que recorría con mi bici y desarrollé una fe firme en el sufrimiento físico del presente y el sufrimiento mental del pasado.

La carrera de bicis se había convertido en un símbolo que iba mucho más allá de una ruta de treinta kilómetros. Llegar a esa línea de meta también supondría haber completado la primera etapa de una ruta totalmente distinta. Una que empezaba en una vida anterior y entraba en otra distinta, que llevaba de la desesperación a la esperanza.

Prepararse para la carrera de Big Bear fue una lucha por la supervivencia y la cordura, y quizá, solo quizá, también representaba la posibilidad de superar el desafío. Los indicadores de distancia de la carrera representarían para mí, en su conjunto, el primer hito alcanzado en el camino hacia la sobriedad.

Yo sabía que acostumbrarse a la altitud podía ser un trabajo de un par de días. La ruta de la carrera de Big Bear empezaba a más de dos mil metros y llegaba hasta los dos mil quinientos. En la montaña Big Bear encontré un bed and breakfast, y allí me alojé durante las noches previas a la carrera.

En vísperas de la carrera, el técnico de guitarra de Slash, Adam Day, había empezado a pedalear conmigo, y el día de la carrera vino a animarme, un gesto de amistad que nunca olvidaré.

Cuando bajé mi bici del portaequipajes trasero de mi furgoneta, me reí de mí mismo. De pronto me di cuenta de lo novato que era. De los miles de personas que vi allí preparándose, yo era el único que llevaba zapatillas de caña alta, vaqueros cortados y gorra de béisbol vuelta del revés. Todos los demás llevaban su pantalón de ciclismo, sus zapatillas para calas y su casco aerodinámico. Sus bicis eran máquinas esbeltas, ligeras, hechas de titanio o fibra de carbono, dotadas de amortiguadores delanteros y traseros. Mi Diamondback no tenía sistema de suspensión alguno.

 Estaba quedando como un novato.

Cuando dieron el pistoletazo de salida, me asaltó una estampida de bicis que me tiró al suelo.

Volví a montar como pude y me incorporé a la carrera. La primera parte del recorrido consistía en una pendiente brutalmente dura. Ese era mi elemento. Las escaladas eran mi espacio de sufrimiento. Sufrir me abría las puertas del sosiego. Apreté los dientes y emprendí la escalada.

Emprendí mi carrera. No tardé en adelantar a los tíos que me habían tirado al suelo, con sus ropas y sus bicis de última tecnología. Seguí pedaleando, subiendo, y adelanté a más ciclistas.

Me estaba despejando. Incluso empecé a disfrutar del paisaje. Comprendí lo afortunado que era de estar allí. Estaba empezando a divertirme, a relajarme, y al cabo de veinticinco kilómetros vi abrirse ante mí, solo para mí, espacios atravesados por cortafuegos abiertos, y también distinguí la línea de meta unos kilómetros más abajo.

Olí la tierra que ardía y los arbustos aromáticos. El aire saturado de sol parecía despedir su propia fragancia. Quizá la opresiva sensación de estar encerrado en una vitrina había venido impuesta desde fuera solo hasta cierto punto. Y aunque tenía el pulso acelerado por el esfuerzo, las palpitaciones que sentía en el pecho no me llenaban de miedo o de paranoia, como me había ocurrido cuando los latidos frenéticos de un corazón bombeado por la cocaína me revolvían el estómago y me provocaban escalofríos de terror.

Dejé atrás la cima de la ruta, y cuando empecé a devorar los últimos kilómetros del descenso, comprendí que iba a terminar esa carrera.

No hay forma de explicar la euforia que sentí en aquel momento. Entonces supe que sí, que mi vida estaba en mis manos, que yo podía dictar su curso, y que este disparatado método que me había inventado para superar esto sin centro y sin programa de desintoxicación alguno..., estaba funcionando.

Por el momento. Acabé la carrera en el puesto 59 de los trescientos inscritos en la categoría de principiantes. La hostia. Un milagro.

Cuando acabé la carrera, deambulé por los puestos de comida y bebida que habían dispuesto para ciclistas y público. Las marcas de bicicletas se habían traído a sus patrocinados del ciclismo profesional para que promocionaran sus productos. Se les podía pedir autógrafos. Pero yo no sabía quiénes eran.

Entonces uno me dijo: «Eh, tío».

«¿Sí?»

«¿Tú eres Duff?»

«Sí.»

«Vale, tío, yo soy Cully.»

Entonces me di cuenta de que era su cara la que aparecía en los pósteres que tenía a su espalda. Resultó que era un excampeón mundial de nombre Dave Cullinan. La gente le miraba con admiración. Yo, que era un recién llegado al ciclismo, no estaba al tanto de la magnitud de sus éxitos. Pero como me daba cuenta de que la gente le miraba, preferí dármelas de enterado.

Cully era aficionado a la música. Me había reconocido. Yo llevaba el pelo largo y tatuajes, pero estoy convencido de que mi estúpido pantalón corto y las Converse de caña alta cantaban mucho más que toda aquella tinta. Algo que no era intencionado, claro. De hecho, solo participar en la carrera me daba tanto miedo que lo último que quería era llamar la atención.

«Este año he estado compitiendo en Japón –dijo Cully–, y me compré el disco que sacaste en solitario.»

«¡Ah –contesté yo–, fuiste tú!»

Se echó a reír.

Nos pusimos a hablar y congeniamos enseguida. Nos intercambiamos los teléfonos y él me dijo que ahora tenía tiempo libre y que a lo mejor alguna vez podíamos salir con las bicis.

 

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